Mensaje de error

Notice: Undefined property: stdClass::$comment_count en comment_node_page_additions() (línea 728 de /home/n7c5z9p8/sitios/pensamientocivil.com.ar/htdocs/modules/comment/comment.module).
miscelaneas | Constitucional

LITERATURA, EMPATÍA Y DERECHOS HUMANOS

En el desafiante libro “La invención de los derechos humanos”, la americana Lynn Hunt, elabora una verdadera prehistoria de la aparición y desarrollo de los derechos humanos, a partir del concepto de empatía y su especial relación  con la literatura.

A partir de esta breve historia o prehistoria de los derechos humanos, Hunt señala la dificultad de definir estos derechos desde el comienzo de lo que denomina su “invención”, que sitúa en el siglo XVIII. Esta dificultad radica en que su existencia depende tanto de las emociones como de la razón.

En algún momento de ese siglo los derechos humanos se hicieron evidentes. “La pretensión de evidencia se basa en última instancia en un atractivo emocional; es convincente si toca la fibra sensible de toda persona. Además, estamos casi seguros de que se trata de un derecho humano cuando nos sentimos horrorizados ante su violación”.[1]

Esta idea de los derechos humanos como sentimiento interior compartido por muchas personas, no solo los filósofos que escriben sobre ellos, sino muchas y distintas personas depende tanto de la razón como de las emociones (Diderot). Los derechos humanos no son simplemente una doctrina formulada en una serie de documentos internacionales, sino que descansan sobre una determinada disposición hacia los demás, sobre un conjunto de convicciones acerca de cómo son las personas y cómo distinguen el bien del mal en el mundo secular.

Como dice Alain Supoit “…es en el terreno de las creencias donde se plantea la cuestión de los derechos humanos. Toda reflexión al respecto debe comenzar tomando nota de su naturaleza dogmática y reconocer que son los artículos de un credo surgido de la cristiandad occidental”.[2]

La naturaleza dogmática (evidente) de los derechos humanos es difícil de refutar, no hay que sucumbir a la tentación de darles una explicación científica, negando el grado de sentimentalidad, de credo, de ideología, casi de religión.

Los conceptos de libertad y derechos humanos en el siglo XVIII debían ser respaldados por una serie de supuestos acerca de la autonomía del individuo. Para tener derechos humanos, las personas tenían que ser percibidas como individuos distintos unos de otros, capaces de formular juicios morales independientes. Individuos, dotados de libre albedrío y de discernimiento capaces de establecer lazos de empatía con los demás. Todas las personas tendrían derechos humanos únicamente si todas ellas eran percibidas como iguales de algún modo fundamental.

La igualdad no era simplemente un concepto abstracto o una consigna política, era una necesidad de identificación básica con los demás que funcionaba como presupuesto de los demás derechos humanos.

Es en el ámbito de los sentimientos donde la empatía tiene un lugar privilegiado ya que es la base o el sustrato donde se apoya la posibilidad misma de la existencia de los derechos humanos. Sin empatía y, más adelante vamos a ver, sin literatura no habría derechos humanos.

Pero ¿Cuáles son las relaciones empatía, derechos y literatura?

Las relaciones entre estas dos formas de vida (la literatura y el derecho) se pueden plantear de diversos ángulos. En lo que aquí nos interesa la literatura amplía nuestra capacidad de comprender el mundo y nos genera sentimientos morales.

George Elliot decía que: “La mayor contribución que nos hace un artista, así sea pintor, poeta o novelista, es que nos permite aumentar nuestra capacidad de empatía. Todo llamamiento a la acción fundado en generalizaciones y estadísticas requiere que haya una disposición previa a la solidaridad, un sentimiento moral que ya esté activo; pero retratos de la vida como pueden brindar los grandes artistas causan asombro de hasta el más trivial y egoísta; dirigiendo su atención hacia aquello que le es ajeno, que podríamos denominar la materia prima del sentimiento moral”.[3]

La empatía puede definirse como la capacidad de ponerse en la piel del otro. El término deriva de la palabra alemana Einfuhlung acuñada por Robert Visher en 1872 y empleada en estética alemana: se refiere a cómo proyecta el observador su sensibilidad en un objeto de adoración o contemplación.

Además de esa definición desde la estética, no podemos olvidar el origen biológico de la empatía: las neuronas espejo, descubiertas a principios de la década de 1990 por un grupo de científicos dirigido por Giacomo Rizzolatti. El descubrimiento de las neuronas espejo ha obligado a biólogos, filósofos, lingüistas y psicólogos, entre otros, a replantearse la separación cartesiana entre la mente y el cuerpo que aislaba la razón de las sensaciones corporales, los sentimientos y las emociones, haciendo de ella una fuerza incorpórea autónoma[4].

  Marco Iacoboni, neurocientífico de la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA), especialista en neuronas espejo explica el carácter biológico de la empatía: “Si alguien ve que tengo un nudo en la garganta, si me ve sufrir porque he cometido un fallo, las neuronas espejo de su cerebro simulan la angustia que siento yo. Empatiza conmigo automáticamente. Sabe cómo me siento porque, literalmente, siento lo mismo que yo”. De alguna manera, estamos cableados para sentir empatía, la empatía forma parte de nuestra naturaleza y es lo que nos hace seres sociales.[5]

La empatía, más allá de este fascinante origen biológico generalmente aumenta a partir de la expansión de nuestra imaginación, cuando podemos reconocer algo distinto de lo que somos y lo incorporamos a nuestra conciencia.

  Para este proceso imaginativo, empático, es imprescindible la literatura con su capacidad de moldear la valoración ética de una comunidad a partir de historias de vida diversas y complejas.

La dificultad de definir los derechos humanos de una vez por todas radica, entonces, en que la base emocional que los sostiene va cambiando, en parte como reacción a las declaraciones de derechos (pactos internacionales de derechos humanos que incorporan nuevos derechos) y, en otra, por cambios estructurales en nuestra manera de sentir y percibir a los otros.

Los derechos humanos son una conquista cultural de la civilización occidental, un tesoro de nuestro patrimonio cultural. La constitución y los tratados internacionales de derechos humanos son productos culturales con una pretensión muy particular: que una vez alcanzado determinado nivel cultural en el ámbito del derecho constitucional no puede ser abandonado, sino como mínimo conservado y aún mejorado.

Estas conquistas se integran a un coto vedado que los poderes políticos o económicos no deberían negar (principio de progresividad). Es un momento de evolución histórica que constituye un hito, un elogio de la democracia pluralista, la sociedad abierta y el credo de los derechos humanos.

Por eso, son irreversibles, este un principio fuerte que significa que una vez que determinados derechos se integran al sistema de derechos en un estado democrático, no es posible luego considerarlos derogados, en caso de que la fuente constitucional desaparezca.

Dignidad humana, soberanía popular y división de poderes, derechos fundamentales, tolerancia, solidaridad, pluralidad de partidos e independencia de los tribunales, son algunos de esos bienes culturales del Estado democrático que deben perdurar en el tiempo, más allá de nuestro propio horizonte generacional.

La empatía y, también la autonomía, otro sentimiento fundamental, sustentan la posibilidad de pensar y sentir los derechos humanos como prácticas culturales que se modifican con el tiempo.

Hunt sitúa la aparición de la autonomía en el siglo XVIII a partir de ciertas raíces profundas de independencia jurídica como psicológica que motivaron cambios profundos en el imaginario de la época. Aparece un mayor respeto por la integridad del cuerpo, líneas de demarcación más claras entre cuerpos individuales producto de la continua elevación del umbral de la vergüenza relacionada con las funciones fisiológicas, así como del creciente sentido del decoro corporal.

En este siglo la vida pública empieza a perder importancia y la vida privada se encuentra convertida, cada vez más, en un refugio que invita a preguntarse por la propia identidad, el ¿Quién soy? pasó a formar parte de la conversación interna que la persona mantenía consigo y también se convierte en tema de discusión pública.

Se produce una evolución constante de los conceptos de interioridad y profundidad de la psique, las ideas del siglo XVIII respecto de la sensibilidad llenaron el yo de un contenido nuevo. Si bien todos estos procesos se desarrollaron en un período de tiempo muy largo, es en la segunda mitad de este siglo en que se produce una aceleración de estas prácticas vinculadas al aumento significativo de la autonomía y la empatía.

Hunt nos da algunos ejemplos significativos de este cambio en la sensibilidad de las personas: La autoridad absoluta de los padres sobre los hijos se pone en tela de juicio, el público que ahora guarda silencio mientras presenciaba una obra de teatro o escuchaba música (cuando antes intervenía generando caos), el retratismo y las pinturas de género amenazaban el predominio de los grandes lienzos mitológicos e históricos, proliferaban las novelas y periódicos, que ponían las vivencias de las personas normales y corrientes al alcance del público numeroso.[6]

“La tortura como parte del procedimiento judicial y las formas más extremas de castigo corporal comenzaron a considerarse inadmisibles. Todos estos cambios contribuyeron a crear un sentido de la separación y el autodominio de los cuerpos individuales, junto con la posibilidad de sentir empatía por los demás”[7].

Este proceso histórico se vincula íntimamente con los derechos humanos. La autonomía y la empatía construidas a través de nuevas experiencias, entre las cuales la literatura con las novelas epistolares tuvo un rol significativo, ayudaron a difundir la práctica de estas virtudes necesarias para explicar la invención de los derechos humanos.

Los derechos humanos, según Hunt, se fundamentan a través de una “empatía imaginada” por un nosotros, casi por un acto de fe, de imaginación para asumir que otra persona es igual que tú, que tiene los mismos derechos.

Es importante, en este contexto, la experiencia del cuerpo. Montaigne intuía que una vida de ascetismo es una vida menos vivida. El rechazo del cuerpo haría muy difícil amar a otro ser de carne y hueso. La experiencia corpórea es la ventana a la expresión empática. Cuando sentimos las penalidades de los otros y sus luchas por ser en este mundo como si fueran nuestras, cuando acudimos en su ayuda para que puedan vivir con más plenitud, estamos más vivos, nos hacemos más humanos, nos conectamos con las realidades más profundas de la existencia y, de este modo, sabemos cuál es nuestro lugar en el orden del universo. La empatía es la celebración de la vida en toda su corporeidad. Y no es una paradoja que sea también el medio por el que nos trascendemos. Así lo veía Montaigne.[8]

 La literatura, la crónica, va a desempeñar un rol fundamental en la creación de autonomía y empatía. “Las crónicas sobre la tortura producían esta empatía imaginada por medio de nuevas visiones del dolor. Las novelas la generaban induciendo sensaciones nuevas sobre el yo interior. Estas experiencias, cada una a su manera, reforzaban el concepto de comunidad basada en individuos autónomos que podían relacionarse más allá de sus familias inmediatas, sus filiaciones religiosas o incluso sus naciones, por medio de valores universales mayores”.[9]

Hunt reconoce las dificultades de medir el efecto de las experiencias culturales sobre la gente del siglo XVIII y, mucho menos sobre su concepción de los derechos, pero subraya recientes progresos en las neurociencias y la psicología cognitiva para vincular la biología del cerebro a determinados factores psicológicos, sociales y culturales. Una de las pruebas aportadas en este sentido es que la capacidad de construir narraciones se basa en la biología del cerebro y es decisiva para cualquier noción del yo.

Esta relación que plantea Hunt entre biología y cambios sociales y culturales no es aleatoria en su idea general, su tesis más fuerte es que la literatura, por ejemplo, tiene la capacidad de producir cambios físicos al nivel del cerebro. Por eso echa mano de recientes investigaciones de las neurociencias y la psicología cognitiva. Sin dudas, una tesis de cierta osadía intelectual, pero de ninguna manera un salto al vacío.

DARPA, la agencia de tecnología militar de Estados Unidos, corresponsable en la invención de Internet, mostró recientemente interés por entender y cuantificar los mecanismos con los que operan las narrativas. En la conferencia Narrative Networks (N2): The Neurobiology of Narratives, que es parte de un programa interesado en medir los efectos de contar historias en el ser humano, el coronel William Casebeer, quien presidió esta conferencia, dijo: "El impacto de las narrativas en la psicología humana abarca desde qué eventos recordamos con mayor facilidad hasta nuestras decisiones sobre importantes conductas fundacionales que definen nuestro grado de confianza en los demás. Ya que el cerebro humano es la causa próxima de nuestras acciones, las narrativas tienen un impacto directo en los procesos neurobiológicos de los receptores y de los emisores. Entender cómo las narrativas informan los procesos neurobiológicos es crítico si queremos determinar qué efecto tienen sobre la psicología y la neurobiología de las decisiones humanas y sus comportamientos, y pueden ayudar en todo lo que va desde explorar cómo el trastorno de estrés postraumático está influenciado por la repetición del evento, hasta entender los pensamientos y sentimientos de otras personas".[10]

En sintonía con esta idea, Hunt dice que su argumentación se fundamenta en la idea de que la lectura de crónicas de torturas o novelas epistolares tenía efectos físicos que se traducían en cambios cerebrales y reaparecían como conceptos nuevos en la organización de la vida social y política. Nuevas formas de leer (y ver y escuchar) crearon nuevas experiencias individuales (empatía), que a su vez hicieron posibles nuevos conceptos sociales y políticos (derechos humanos).[11]

También, recientemente, el economista Paul Zak, pionero en el campo de la neuroeconomía que estudia las raíces neuroquímicas de la toma de decisiones humana en el contexto de la conducta económica investigó la influencia de contar historias (¿Qué otra cosa hace la literatura?) en la química cerebral con resultados verdaderamente sorprendentes.[12]

Las historias son poderosas porque nos transportan a los mundos de otras personas y al hacerlo cambian la manera cómo funciona nuestro cerebro, afectando a su neuroquímica.

El interés de Hunt es centrar la atención sobre lo que sucede en el interior de las mentes individuales, más que en los contextos sociales y culturales, en todo caso, cómo esas mentes individuales comprenden y dan forma a esos contextos. “Creo que el cambio social y político -en este caso los derechos humanos- se produce porque muchos individuos han tenido experiencias similares; no porque todos ellos habiten en el mismo contexto social, sino porque mediante las interacciones de unos con otros, y con lo que leen y ven, crearon un nuevo contexto social”.[13]

La singularidad de la importancia de leer y ver explica la importancia de la literatura en este esquema. Los textos literarios tienen esa capacidad de moldear o transformar la valoración ética de una comunidad a partir de cambios individuales e interacciones sociales.

Richard Rorty, el filósofo americano, tiene una tesis similar a la de Hunt respecto del valor de la literatura para producir cambios sociales y culturales. La utopía de Rorty es el triunfo de la solidaridad humana que no es otra cosa que el proceso de concebir a los demás seres humanos como “uno de nosotros” (concepto este de estrecha relación con la empatía).

Este proceso de redescripción detallada de cómo son las personas que desconocemos y de redescripción de cómo somos nosotros no es tarea de la teoría, sino de géneros tales como la etnografía, el informe periodístico, los libros de historieta, el drama documental y, especialmente, la novela. “Ficciones como las de Dickens, Olive Schreiner, o Richard Wright nos proporcionan detalles acerca de las formas de sufrimiento padecidas por personas en las que antes no habíamos reparado. Ficciones como las de {…} Henry James o Nabokov nos dan detalles acerca de las formas de crueldad de la que somos capaces y, con ello, nos permiten redescribirnos a nosotros mismo”.[14]

Rorty también se refirió específicamente a los derechos humanos. Sostuvo que la emergencia de la cultura de los derechos humanos no parece deber nada al incremento del conocimiento moral y en cambio lo debe todo a la lectura de historias tristes y sentimentales. Estas historias tristes y sentimentales capaces de generar ese elemento distintivo de la filosofía de Rorty: la solidaridad, también tienen su fuente en la literatura.

Pero volvamos a Hunt, en el capítulo 1 de su libro que tiene como título: “Torrentes de emoción”. Leer novelas e imaginar la igualdad, va a concretar esta alianza entre literatura, empatía y derechos humanos a propósito de tres novelas epistolares de época que produjeron una fuerte identificación psicológica entre los lectores, sus personajes y los dilemas que representaban. Estas novelas son Julia de Rousseau (1761) y dos obras de su predecesor en el género, el inglés Samuel Richardson, Pamela (1740) y Clarissa (1747/1748).

Un año antes de escribir su célebre obra teórica Del contrato social, Rosseau llamó la atención del mundo con una novela de gran éxito, Julia o La nueva Eloísa (1761) que produjo una reacción visceral en los lectores, fue un verdadero best seller del siglo XVIII.

“El subtítulo de la obra La nueva Eloísa despertó grandes expectativas dice Hunt, pues la historia medieval del amor condenado al fracaso de Eloísa y Abelardo era muy conocida. El filósofo y clérigo católico del siglo XII Pedro Abelardo sedujo a su alumna Eloísa y pagó por ello un alto precio a manos del tío de la joven: la castración. Separados para siempre, los dos amantes mantuvieron un intercambio epistolar íntimo que ha cautivado a los lectores a lo largo de los siglos”.[15]

Pocas obras hay en la narrativa europea tan famosas como ésta que recoge la correspondencia de dos amantes, Julie d'Étanges y Saint-Preux, convertidos en mito y en símbolo de un amor tan apasionado como infortunado. Esta obra de Jean-Jacques Rousseau representa una de las cumbres del sentimentalismo del siglo XVIII, porque aúna todos los elementos estéticos y filosóficos de esta corriente: la pasión amorosa, el análisis del sentimiento, el tono exaltado, lacrimoso y hasta patético de la retórica sentimental, la desigualdad social de los amantes que alza una barrera infranqueable para su unión matrimonial, el triunfo de la razón y la virtud sobre la pasión con la renuncia final de los amantes a un amor ya ilícito, la comunión espiritual y sentimental con la naturaleza, representada en el marco imponente de los Alpes.

Para el relato de una historia amorosa Rousseau utiliza la técnica epistolar que desde los años cuarenta del siglo XVIII había puesto de moda en Inglaterra Samuel Richardson con sus célebres novelas Pamela y Clarisa. La versatilidad del género epistolar permite que las cartas que intercambian la pareja de amantes y otros personajes de la historia recojan la expresión más exaltada de los sentimientos, con comentarios variados sobre la vida social, o a la reflexión sobre asuntos filosóficos, religiosos y morales.[16]

La nueva Eloísa, Julia, también se va a enamorar de su preceptor o maestro llamado Saint Preux que le corresponde con su amor. Este no tiene un céntimo y no goza de la simpatía de su padre. Entonces, no le queda otra que dejarlo para satisfacer los deseos de su autoritario padre que quiere casarla con Wolmar, un soldado ruso de más edad que en una ocasión le salvo la vida.

Finalmente, se lleva a cabo el matrimonio de Julia con Wolmar. Hasta este momento, Julia está decidida a seguir amando a Saint-Preux, pero durante la boda se produce su repentina "conversión": se da cuenta de que no puede jurar en falso ante Dios, y se decide a ser fiel a su esposo, renunciando a su antiguo amante. Saint-Preux protesta, carta mediante, inútilmente recordando la fidelidad prometida.

Los antiguos amantes se escriben varias cartas en las que el tema principal es el de la religión y la moral. Julia aparece como una sincera "devota" que aprende a querer a su marido, casi como a un amigo.

Un día, para salvar a uno de sus hijos, Julia se arroja a un estanque. Como consecuencia, enferma gravemente y muere. Hunt se pregunta si Rousseau pretendía celebrar la sumisión de la protagonista a la autoridad paterna y conyugal, o bien su intención era la de presentar como trágico el sacrificio de los propios deseos de esta nueva Eloísa.

El argumento de la obra dice Hunt es incapaz de explicar la explosión de emociones que experimentaron los lectores de Rousseau, la intensa identificación con los personajes, especialmente con Julia. El Journal de Savants reconoció que la novela tenía defectos e incluso algunos pasajes resultaban interminables, pero concluyó que sólo la gente de corazón frío podía resistir esos “torrentes de emoción que tanto asuelan el alma, que tan imperiosamente, tan tiránicamente arrancan tales lágrimas amargas”[17].

Podríamos pensar que la novela iba a cautivar, principalmente, al público femenino, sin embargo, cortesanos, clérigos, militares, le escribieron a Rousseau para describir sus “sentimientos de fuego devorador” sus “emociones tras emociones, sacudidas tras sacudidas”. Un hombre contó que la muerte de Julia no le había hecho llorar sino más bien “gritar, aullar como un animal”. La lectura de Julia no solo producía placer, sino principalmente “pasión, deliro, espasmos y sollozos”. Hombres y mujeres se identificaban por igual con las heroínas de estas novelas.

Julia, según Hunt, presentó a sus lectores una nueva forma de empatía, si bien los derechos humanos o derechos del hombre como se denominaban en esa época no eran el tema de la novela “alentó una identificación altamente emotiva con los personajes, de modo que los lectores sintieran empatía por ellos más allá de las barreras de clase, sexo y nacionalidad”.[18]

Y esto es un cambio fundamental de perspectiva porque la gente en esa época solo sentía empatía por sus allegados, por sus pares o iguales, la novela les permitió ensanchar sus propias barreras, aumentar, de alguna manera, ese nosotros tan necesario para cualquier idea de derechos humanos.

Estas novelas epistolares como Julia tienen como principal mérito la creación de los cimientos de un nuevo orden social y político. Enseñaban a sus lectores una nueva psicología cuya tesis fundamental era que todas las personas son fundamentalmente parecidas a causa de sus sentimientos. Todas las personas sufren y sienten pasiones, todas tiene un deseo claro de autonomía frente al mundo.

“La lectura de novelas creaba un sentido de igualdad y empatía mediante la participación apasionada en la narración. ¿Puede ser casualidad que las tres novelas de identificación psicológica más importantes del siglo XVIII -Pamela (1740) y Clarissa (1747-1748), de Richardson, ¿y Julia (1761)- fueran publicadas en el período que precedió inmediatamente a la aparición del concepto de “derechos del hombre”?[19]

Como dijimos la empatía es universal por su origen biológico o neuronal, no se inventó en el siglo XVIII, sin embargo, estas novelas generaron un aumento empático notable, sus lectores aprendieron a ampliar sus alcances más allá de todas las barreras sociales tradicionales entre nobles y plebeyos, amos y sirvientes, hombres y mujeres, etc, aprendieron a ver a los demás como iguales, con las mismas emociones y sentimientos.

Hunt sostiene que sin este aprendizaje (que los demás son iguales a nosotros en el plano de las emociones y los sentimientos), la igualdad no podría haber alcanzado ningún sentido profundo ni, en particular, ninguna consecuencia política. Las novelas fueron una experiencia decisiva para esto. “La notable ascensión de la novela en el siglo XVIII no pasó inadvertida, y desde entonces los estudiosos la han vinculado al capitalismo, a la clase media con aspiraciones, al crecimiento de la esfera pública, a la aparición de la familia nuclear, a un cambio en las relaciones de género e incluso a la eclosión del nacionalismo”.[20]   

La literatura tiene ese poder de transformación moral, la identificación con los personajes, sus vidas y sus opciones morales produce, como dice Tomas Jefferson, el fuerte deseo de hacer actos de caridad y gratitud y no malas acciones o conductas inmorales. La ficción produce el deseo de emulación moral de forma más eficaz que las obras de historia.

Los derechos humanos sólo podían florecer cuando las personas aprendieran a pensar en los demás como sus iguales, como sus semejantes de una manera fundamental. Aprendieron esta igualdad mediante la identificación con personajes de las novelas que si bien eran ficticios eran perfectamente reconocibles.

La literatura tiene esa capacidad de ampliar la empatía, de ensanchar la comprensión de la naturaleza y motivación humana, permitiendo al menos durante la experiencia de la lectura, participar en la vida de otra persona, sentir como ellos sienten, tener idénticos dilemas morales, sufrir, alegrarse, luchar contra las injusticias. Este aprendizaje de la empatía constituyó la base para la aparición de los derechos humanos

 

[1] Hunt, Lynn, La invención de los derechos humanos, Tusquets Editores, Buenos Aires, 2010, p. 25.

[2] Supoit, Alain, Homo Juridicus, ensayo sobre la función antropológica del derecho, Siglo XXI Editores, 2da. Edición revisada, Buenos Aires, 2012, p. 244.

[3] Elliot, George, The natural history of German life, en Essays of George Elliot, Londres, Routledge and Kegan Paul, 1963, pp. 270/271.

[4] cfr. Rifkin, Jeremy, La civilización empática, Paidos Estado y Sociedad, Buenos Aires 2010, ps. 85/86.

[5] cfr. Rifkin, op. cit., p. 87.

[6] (cfr. Hunt, op. cit., p. 29).

 

[7] Hunt, op. cit., p. 29.

[8] cfr. Rifkin, Jeremy, La civilización empática, Paidós Estado y Sociedad, Buenos Aires, 2010, p. 265.

[9] Hunt, op. cit., p. 31.

[10] Martínez Gallardo Alejandro, LA NEUROBIOLOGÍA DE LAS NARRATIVAS (O CÓMO CONTAR HISTORIAS ES CREAR REALIDADES), en www.pijamasurf.com/2011/10/la-neurobiologia-de-la-narrativa-o-como-conta...

[11] Hunt, op. cit., p. 33.

[12] Zak, Paul, La molécula de la felicidad, Editorial Urano, España.

[13] Hunt, op. cit., p.33.

[14] Rorty, Richard, Contingencia, ironía y solidaridad, Paidos Básica, 1ra reimpresión, 1996, Barcelona, p. 18.

[15] Hunt, op. cit., p. 35.

[16] cfr. Julia o la Nueva Heloísa, de Jean-Jacques Rousseau, introducción en la traducción de José Mor de Fuentes (1836-1837), María Jesús García Garrosa, José Mor de Fuentes (trad.).

[17] cfr. Hunt, op. cit., p. 36.

[18] Hunt, op. cit., p. 38.

[19] Hunt, op. cit., p. 39.

[20] Hunt, op. cit., p. 41