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LUCAS, EL NIÑO TRANS DE ENTRE RÍOS QUE PIDIÓ CAMBIAR SU DNI

     

                 Lucas tiene 7 años y hace dos le dijo claramente a su madre: “soy un nene”. Con apoyo y contención familiar, transita los cambios con espontaneidad. Su familia dice que el principal obstáculo es que el Estado no cumple de forma integral con la Ley de Identidad de Género. Presentes entrevistó a Ivana, su mamá, y habló con referentes de infancias trans para contar su historia.

               El jueves 17 de enero de este año, Lucas escribió una carta al Registro Civil de Colón, provincia de Entre Ríos. “Yo, M.B, solicito la rectificación de mi nombre y sexo asignado al nacer por el de mi autopercepción”. Abajo, se identificó con su firma: Lucas B. El niño se explica mejor fuera de las formalidades: “Me llamo Lucas porque quiero”, dice a Presentes. Más tarde, agrega que eligió ese nombre porque lo vio escrito en una pared. Y que también tiene un segundo nombre. Él es Lucas Max.

               “Yo soy un bicho pegado: mitad garrapata, mitad dragón”, dice. Y enumera: “Gnomo, vampiro, orco, duende, araña, rata, el Ratón Pérez, monstruo. Muchas cosas”. Después, sigue jugando. Lucas tiene siete años y, sin saber, parafrasea a Susy Shock, la artista travesti que milita por niñxs como él. Lucas también reivindica su derecho a ser un monstruo. Y que otrxs sean lo normal.

                    Lucas Max nació el 11 de mayo de 2009, en Concepción del Uruguay, a pocos kilómetros de Colón, donde vivió siempre. Hasta los ocho meses de embarazo, sus padres esperaron un varón. El bebé no se había mostrado y ya lo habían dado por sentado, o percibido así. Pero nació con una genitalidad femenina. A lo largo de su infancia, Ivana, su mamá, le contó esa historia, como muchas mamás cuentan, una y otra vez, la historia de la panza, el parto, y cómo era de bebé. Ivana, cuando habla, no se confunde de género: nunca va a nombrar en femenino cuando menciona a ese hijo que desde hace dos años es el varón que eligió ser.

“Manejábamos muy poca información”

               “Con Luz, su hermana, pensábamos que iba a ser lesbiana. Por la actitud que tenía. Pero además, nosotras no conocíamos otra cosa, no teníamos otra terminología. Manejábamos muy poca información”, cuenta Ivana. No fueron las únicas que percibieron que esa niña llamaba demasiado la atención, que intentaba distinguirse todo el tiempo del género que le habían asignado. Su bisabuela Chola, de 87 años, no se sorprendió cuando le dijeron que su bisnieta había decidido ser Lucas. “Y sí, algo tenía la nena”, dijo sin alarmas.

                 Ivana, Luz y Lucas están sentadxs en una estación de servicio, en la entrada de San Lorenzo, provincia de Santa Fe. Ivana y Luz nacieron ahí. Unos años antes del nacimiento de Lucas se mudaron a Colón, Entre Ríos, donde viven todavía. Los padres de Lucas están separados. El papá no está presente durante la entrevista. Sin embargo, el hombre sí aparece a lo largo de la historia: él también es parte de la transformación y visibilización de su hijo y su familia.

“Porque soy un nene”

              A lo largo de la entrevista, la madre se acuerda de distintas señales que Lucas le dio durante cinco años. La clave fue la clase de danza. “Le encantaba ir y de golpe no quiso ir más. Todo se incrementó cuando tenían que hacer los trajes para bailar: empezó a cortarse el pelo y a pedir de no ir más a clase”.

            Lucas siempre había odiado su pelo largo. “Elegía usarlo bien atado. Y cuando lo tenía suelto, parecía Tarzán”, recuerda Luz. “Era como una tortura para él, como que le daba asco”. El nene cuenta que solía cortárselo solo, a mechones, y que después escondía ese pelo debajo de la cama. “Pero barrían. Y así descubrieron mi plan”, confiesa.

            Un día, en julio de 2015, Ivana le preguntó qué le pasaba. ¿Por qué había dejado de ir a danza? ¿Eran los compañeros? ¿Se aburría? Lucas la miró. La primera respuesta que esbozó fue que quería cortarse el pelo. “Pero como varón”, le aclaró. Después, fue por más y le dijo a la mamá que no quería ir más a danza porque quería ser varón. Ivana y Luz se miraron y le preguntaron por qué. Lucas, sin chicanear, levantó las palmas de sus manos de cinco años hacia arriba y le contestó, con gesto y tono de decir lo obvio:

-Ay mamá, porque soy un nene.

“Tenemos una Ley y nadie la conoce”

              Lucas y su mamá viajan cada quince días a la Ciudad de Buenos Aires. Se toman un micro a la mañana y llegan a la hora de la siesta. El viaje es para encontrarse con Nora Barqui, su psicóloga. Cuando salen, aprovechan para pasear por la ciudad. No la conocían antes. Lucas cuenta que fue al barrio Chino y casi va al zoológico. También que su psicóloga es muy buena.

               Los dos viajes mensuales son rutina desde febrero de 2016. Primero, fueron pacientes del Hospital de Niños       Pedro de Elizalde, donde se había armado un área para niños y niñas trans. “Nos sirvió porque fue nuestro primer sostén”, cuenta Ivana. Y destaca: a Lucas lo ingresaron por su nombre elegido sin solicitarle el DNI. Esa primera y valiosa experiencia duró hasta junio, cuando la familia consideró que la terapia ya no les funcionaba. Y en agosto empezaron a atenderse con Nora.

            La obra social de Ivana no cubre el tratamiento psicológico de Lucas ni los endocrinólogos que vendrán, como dicta la Ley de Identidad de Género y Salud Integral.

           “Desde la obra social nos dicen que nos podemos atender en la provincia con cualquier terapeuta, pero en Entre Ríos no hay especialistas como él necesita. Los pediatras y terapeutas de la ciudad nos hicieron derivaciones haciendo hincapié en que debe atendernos alguien autorizado. Y mientras no responden a eso, no nos están cubriendo nada de Buenos Aires”, explica la madre. Eso significa que Ivana tiene que pagar los pasajes y apelar a los acuerdos con cada profesional. Mientras su psicóloga cubre toda la atención hasta que el conflicto se solucione, la mamá de Lucas la pelea por la atención endocrinóloga infantil y especializada en género, que pueda ayudar a su hijo a entender su cuerpo, a saber qué tipo de inhibidores hormonales necesita.

              Ivana es contundente: “Lo que nosotros necesitamos es que cumplan con la ley”. Las únicas dificultades con la que se cruzó la familia vienen del mundo adulto y de las instituciones, tanto por aquellxs que no entienden o respetan el cambio de Lucas, como por aquellxs que no aplican la Ley de Identidad de Género. Su mamá lo destaca, porque además de las trabas administrativas, las autoridades de la provincia no han tendido ningún lazo con ella.

“¿Cómo no vas a escuchar a una criatura?”

             “Somos una familia visible y esperábamos que alguien se acerque a consultarnos, ayudarnos, asesorarnos. Pero nada, nadie. A mí me costó mucho encontrar ayuda. Tenemos una ley y nadie la conoce, ni las familias, ni las escuelas, ni los hospitales. Para nosotros se trata de reconocer a lxs chicxs como personas, entender que no están ni jugando ni llamando la atención. ¿No te parece muy importante, siendo que hay adultos que no pueden definirse, que una criatura te esté dando información clave y tantas señales? Lucas tenía cinco años. ¿Cómo no vas a escuchar a una criatura? ¿Cómo no vas a escuchar al resto de las criaturas?

              La familia de Lucas entendió desde un primer momento que el pedido de ser varón no era un capricho ni un juego. Esa postura significó todo un cambio en sus vidas: desde empezar a llamarlo por el nombre que eligió, hasta decidir cómo posicionarse frente al mundo. Más de una vez ellas mencionarán que son “una familia visible”: todas las personas que están al lado de Lucas salieron del clóset por él. “Nosotros lo decidimos. No es exponerlo a él, sino, no ocultarlo. Yo me presento como la mamá de Lucas, un nene transgénero. Él lo sabe y lo dice: soy un nene trans. Y si hay que explicarlo, lo explicamos. Y sino, no”.

“Hay infancias trans porque hay familias que escuchan cada vez más”

               “Lo que le da visibilidad y fuerza a los niños y niñas trans es el acompañamiento de la familia. Ellos y ellas ya lo tienen muy claro en su interior. El que no entiende y queda perdido es el adulto, porque están en juego las expectativas que puso sobre su hijo o hija desde el momento en que es concebido”, explicó Bárbara Magarelli, coordinadora de la Secretaría de Infancias Trans de la Federación Argentina Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (FALGBT). “Por eso, la pata más fuerte de nuestra secretaría es contener a los familiares”.

                 No es fácil hablar de infancias trans a niveles cuantitativos. De hecho, Magarelli aclara: “no se trata de algo nuevo, sino que hay infancias trans porque hay familias que escuchan cada vez más”. El espacio que ella tiene a cargo no cumplió todavía un año de su creación y su encargada asegura que está colapsado. Ya recibieron alrededor de treinta consultas y tienen entrevistas pautadas para varias semanas más. Los llamados que recibe la Secretaría son de todo el país. Y en ese sentido, cabe destacar: no es lo mismo hablar de infancias trans en ciudades como Buenos Aires o Rosario, con una fuerte espalda de militancia, que en el interior del país. “Está difícil, realmente. Porque no hay voluntad de entendimiento por parte de mucha gente e instituciones. El “qué dirán” complica mucho”, destaca Magarelli.

“No hay voluntad de muchos niveles del Estado”

              Tampoco es lo mismo hablar de niños trans que de niñas trans. “El machismo pesa mucho más en los varones biológicos que eligen ser niñas. Por eso, insisto: la visibilidad va de la mano de la aceptación. Para eso, hay que educar, capacitar y respetar las leyes. En Argentina estamos amparados: tenemos una ley reconocida mundialmente y no hay voluntad de muchos niveles del Estado de hacerla cumplir. Las familias logramos que se acate a la fuerza. Eso es apoyar y acompañar a estos niños y niñas”, dice Magarelli

                La madre de Lucas entiende que todo lo que está haciendo es para revertir el lugar en que la sociedad pone a los niños, niñas, adultos, adultas, jóvenes como Lucas. “Imagínate cómo me sentí al enterarme de las expectativas de vida que tiene una persona trans. Es horrible. Yo tengo miedo a las agresiones físicas, a la discriminación. Todo esto es nuestra preparación”. Luz se suma y admite que ese es su mayor miedo: “Que alguien le diga algo”.

                El día que Lucas le aseguró que ella era un nene, Ivana no sabía nada sobre diversidad sexual. Ella lo dice así: ni enterada.

             – Yo pensaba que una persona trans era una persona homosexual que prefería vestirse de otro género. Lo deducía sin tener contacto. Pero apenas me puse a leer descubrí cómo era, cómo se sentían. Y me di cuenta que no es nada raro lo que nos está pasando

Escuchar a lxs niñxs

              Ivana aprendió de dos formas. Primero, la guió su hijo: “Tuvo respuestas a todas nuestras preguntas”. Después, pasó horas, días y meses, sentada frente a libros y páginas de internet; poniéndose en contacto con las pocas familias similares que encontró, viajando a charlas, pidiendo asesoramiento.

              Empezó a leer y a buscar información. Y así llegó a Luana “Lulú”, la nena trans más joven en cambiar el DNI en Argentina. Su historia trascendió a los medios de comunicación y su madre, Gabriela Mansilla, se convirtió en una activista por los derechos de las niñeces trans.

-               Me puse en contacto con Gaby porque llega un momento en que necesitás que alguien más te diga si es o no lo que vos estás pensando. En tu seguridad hay una incertidumbre, no querés meter la pata. Por eso fue importante hablar con Gaby. Ella me dijo que si yo tenía intención de dejarlo ser, nadie más te va a decir quién es, nadie más que él. Y bueno, así empezamos- cuenta Ivana.

               Gabriela Mansilla exclama del otro lado del teléfono cuando se le menciona a Ivana y Lucas. Lo primero que recuerda es la cara de travieso del niño; lo segundo, lo bien que se llevó con Luana. “Mi familia rompió un esquema establecido. Por más que exista la Ley de Identidad de Género, muchas personas trans están condenadas a salir a los 15, 16 años. Yo me paré frente al mundo a decir que escuchen a sus hijos, a sus hijas, nadie sabe quién es más que uno mismo”, cuenta Mansilla.

                Hoy Mansilla dirige la asociación civil Infancias Libres, desde donde acompaña a más de veinte familias. Resalta la importancia de que las familias sean visibles. “La cuestión está en la recepción, escuchar. Vos hoy la ves a Luana y sabes que era el camino correcto. Mirá si le hacía caso a la psicóloga que me decía que le pegue y le diga que es varón”.

               Ivana vuelve a recordar esos primeros meses de transformación, cuando vivía sumergida en información: horas y horas leyendo. “Era como una obsesión de que él esté bien, informarme para poder sostenerlo. Si yo no me preparaba, iba a aparecer un obstáculo que no iba a poder resolver”. Ivana vuelve a destacar que ella no sabía nada. Ni siquiera conocía la Ley que ampara a su hijo. Dice que en su momento no le importó, hubo un único impulso vital: que Lucas fuera Lucas, más allá de cualquier ley.